Con sus alas puestas, sentadita sobre las vías del tren. Día tras día lo veía pasar a las cinco menos diez, siempre puntual, no faltó ningún día: ni ella, ni el tren.

Como a la chica del muelle de San Blas, a ella también la tuvieron que arrancar, se la llevaron, como a la chica del muelle de San Blas, a un manicomio. Allí, aprendió a sonreír, mientras pintaba en las paredes con lágrimas transparentes su nombre y miraba a lo lejos las vías del tren, por si a su amor le devolvían, como a la chica del muelle de San Blas. Y es que le dolía entre las piernas, como aquella primera vez, como a la chica del muelle de San Blas. 

Pero él nunca volvió. No volvió nunca, ni él, ni su amor. Como a la chica del muelle de San Blas, la chica de las vías del tren no volvió a sonreír sin pensar en él; ni a llorar sin ser por él.