Y ella le escribe con los calcetines puestos, el pijama y la chaqueta de lana, el pelo recogido y tres pinzas mal colocadas, con la libreta apoyada sobre su muslo izquierdo, donde aún nota el calor de su mano. Esta tarde de otoño gris la incitaba a correr para ir buscarlo, a donde haga falta, a ver si han vuelto los caracoles a su pecho y si aún brillan las estrellas en su espalda. No es que se muera de ganas, ni lo vaya a hacer ni tan siquiera se lo plantee, pero lo piensa y lo desea, a él, no el ir a buscarlo; que ella no es de esas, o no era. Porque ya no sabe como era ella antes de él, o no quiere recordarlo o simplemente no necesita el pasado para vivir el presente. Porque a ella, ya no le llegan las mantas para pasar el invierno, que siempre tiene frío si no es el calor de sus brazos el que la abriga. Y esta tarde hace un frío terrible, ella se pregunta si él también lo nota. Como nota ella su barba en su pecho, o el frío en los dedos al escribir canciones de Rafa Pons en los cristales empañados de su coche, para leerlas a contraluz toda la semana y no olvidarse que los asientos y los cristales todavía hablan de ellos. Y también se pregunta si se daría cuenta de que las estrellas se ven mejor si llueve ahí fuera; que sólo le escribe de lunes a jueves; que si le tiene cerca, le faltan las letras; que le llama luego aunque le sobren dos letras, que aún tiene la ventana abierta...


...que aún no sabe a donde mirar para ver esas estrellas que llevan su nombre.