Era una nueva sensación, quizás más rellena de prudencia que de pudor, pues no quedaba mucho, en aquellas sábanas que pecaron de intrépidas y sobre las que, en aquella calurosa mañana de un bizarro otroño, se marcaban apenas unos rayos de claridad. Allí, observándolo durante un tiempo que imaginó eterno, únicamente interrumpido por el tic-tac de un reloj vecino, por los ruídos de quienes comenzaban el día, de los ruídos de los coches al pasar...lo observó, sintió su tranquilidad, su sosegada respiración y se sintió tranquila, se sosegó su corazón.

Ella, inmóvil, sin moverse más que para alcanzar lo que queda de chocolate sobre la mesilla, que poco a poco derrite en su boca para no despertarlo. Observa con la poca luz que había y lo que las sábanas habían dejado al descubierto de su cuerpo: sus brazos, esos brazos que la habían echo sentir tan especial horas atrás; sus hombros, objeto de su fijación desde aquellos torpes comienzos, que habían sido una incógnita salvo en su imaginación, hasta un caluroso día de verano; sus manos inocentes, ahora, que no en las horas previas. Su espalda, la curva que dibujaba bajo las sábanas, la mantenía alejada de la visión de su cara de niño. Se mueve, se gira y esboza una tímida y apenas imperceptible sonrisa, ella, imagina que es por ella, que se ha colado en sus sueños.

Y también sonrie, ahora, aunque sea en sus sueños, los de ella, se ha convertido en la mujer de los suyos, los de él.

Abre sus ojos, esboza otra sonrisa, esta vez, una preciosa sonrisa, pícara e inocente, como sólo él sabe conjurar madurez e inocencia, y con un susurro, como acostumbra a darle las mejores cosas, le da los buenos días de esa primera mañana.