La niña con el pelo lleno de caracoles del color del maíz quiere una barca de madera con su nombre en la popa para cruzar bajo el puente romano de su ciudad las noches de luna menguante, quiere un árbol con un columpio y una cinta con viejas canciones de Van Halen. 

No quiere un tren, quiere una vía con los raíles de madera y una maleta sin ruedas, viajar por carreteras secundarias con los pies descalzos sobre el salpicadero y las ventanillas bajadas, con el aire peinando su pelo, obligándola a cerrar los ojos y dejar de ver para sentir. 

Quiere ser bailarina aficionada en las calles solitarias de su ciudad, domadora de hipopótamos y vivir en un pequeño circo a las afueras de su amada ciudad de la niebla con olor a hierro. 

La niña de los caracoles, de su pelo y de su pecho, el de Él,  quiere un ramo de margaritas y un rosa sobre su oreja, cerezas como pendientes y pintarse los labios con fresas silvestres. 

Quiere unos zapatos de tacón, un paraguas azul y otro albornoz. Quiere cortarse el pelo a la "parisien" y que le crezca en dos días.

Quiere un niño con cara de pillo y un viejo perro que la acompañe a todos lados. 

Quiere disfrutar del sol bajo el frío del invierno y la brisa de las noches del verano. 

Quiere hundir sus pies en todos los ríos de Galicia, abrazar un árbol de cada país y hacer un amigo en cada continente. 

Quiere un poema de amor todos los finales de mes, una casa que limpiar los sábados por la mañana y una habitación que de al norte. 

Quiere un hermano mayor con pecas hasta en las orejas con el que pelearse por la última croqueta de la cena. Quiere que su hermana sea siempre su otra mitad morena.

Quiere despertarse con la visión de la sombra de una espalda sobre sábanas blancas bien arrugadas por despertares nocturnos sin más programación que el deseo que fluye entre sus piernas. 

Quiere viajar en una vieja camioneta y dormir sobre alpacas de paja, quiere ver las horas en el sol y las marcas de la felicidad en los ojos de las personas a las que quiere sobre todas las otras cosas. 

Quiere escribir historias en las servilletas de todos los bares en los que ha tomado café y al final, publicar un libro descafeinado en edición de bolsillo. 

Quiere una casa en un árbol para irse de vacaciones los años impares, asaltar la Torre de Hércules y liberar a Francis Drake para irse con él rumbo a la Ántartida en busca de tesoros helados. 

Quiere perder la noción del tiempo, los papeles y la vergüenza. 

Quiere pagar con sonrisas y que le devuelvan de más. 

Quiere aprender a bailar breakdance a todos los mayores de su ciudad y que todos los niños la saluden al pasar, compartir gusanitos con los patos y su bocadillo de nocilla con los caballos. 

Quiere una alfombra voladora para ir a visitar a su abuela, quiere un detector de bastones  para su abuelo y una barriga como la de Doraemon para llevar siempre consigo sus recuerdos, los de ellos y ella, juntos. 

Quiere memoria de pez para la cosas malas y que su falta de mala memoria no le falle nunca.



La niña se hace mayor, y sigue sin saber lo que quiere, porque lo único que realmente desea es que sus arrugas cuenten la mejor de las historias que jamás podría haber imaginado.