Aquellas noches, en las que jugabas con mi inexperiencia y con mis rizos, yo asumía mis deseos como obligaciones. Cuando me mirabas un microsegundo con una mano en el volante y otra acariciando mi mano, yo imaginaba lugares y sus intenciones. Cuando me explicabas de motores, yo soñaba con que un día la teoría fuese práctica y todavía poder escucharte. Aquella tarde en que descubrí el secreto de sus ojos, decididamente supe que me esforzaría porque los tuyos no los tuvieran conmigo. Me prometí a mí misma, que no tendría que partir un tren para que supieses que la pasión que llevo por dentro tropieza cada día con el recuerdo del tacto de tus manos sobre el vértice de mi ombligo. 

Aquellas noches bajo aquel embrujo del sonido lejano de un tren, soñé que el juego del ángel, fuese yo. Y esto, para siempre.